1. El amor, ¿nace o se hace?

Nuestro Dios ha determinado en su infinita misericordia, sabiduría y soberanía que el corazón del hombre y su propio corazón cohabiten en semejanza eterna.
La escala es obviamente menor en el caso del corazón del hombre pero las semejanzas son inquietantes. Los parecidos abundan, pero hoy nos ocupará uno, el más importante comenta el apóstol Pablo: El amor.

El corazón de Dios es capaz del amor. El del hombre también. Tenemos un mandato directo considerado como el primer gran mandamiento que se relaciona intrínsecamente con la capacidad de amar de nuestro corazón y por si hubiera duda, el Señor aún aumenta un segundo mandamiento relacionado con adivine qué: ¡el amor!
Como hijos e hijas de Dios todavía tenemos algo más como un mandato nuevo, según lo que el Señor dice en el evangelio de Juan 13:34, “un nuevo mandamiento os doy: Que os améis unos a otros…” y aún agrega, “en esto conocerán que son mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”.

Esto hace pensar entonces en que el amor está en control nuestro, no es algo que “surja espontáneamente” o que nos “nazca” sin control alguno, al contrario, el amor está tan en nuestro control que por eso el Señor nos manda a practicarlo.
Sería muy fácil evadir el mandato si no estuviera en nosotros amar a alguien, a Dios para empezar, nuestros amigos, nuestro vecino, nuestros hermanos del iglesia o ¡nuestros enemigos!
Es voluntad del Señor que nuestro corazón se parezca al propio corazón de Dios, la Escritura lo repite por todas partes. Ahora bien, es necesario comprender perfectamente de qué se trata eso que llaman EL CORAZÓN DEL HOMBRE para empezar nuestra labor de empatar nuestro corazón con el de Dios.
Oremos al Señor poniendo nuestro corazón dispuesto a hacer su voluntad, nuestros pensamientos alineados con los suyos y entonces nuestras acciones podrán satisfacer su voluntad.

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