2. La eternidad de Dios, la brevedad del hombre

Dios y la eternidad paracen coexistir en un infinito baile de tiempo y poder. ¿Qué papel podría jugar el hombre, totalmente finito, en tales circunstancias?

 

El autor del salmo número 8 en la Biblia, lo pone de manera poética:

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,

Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,
Y el hijo del hombre, para que lo visites?

Le has hecho poco menor que los ángeles,
Y lo coronaste de gloria y de honra.

Tiene razón el poeta en cuestionarse nuestra existencia frente a la abrumadora presencia del Eterno Dios que vive por siempre y tiene el control de cada cosa creada. No tenemos idea de su nacimiento y ciertamente es imposible pensar en su muerte. Lo más cercano que ha experimentado Dios acerca de estos conceptos es lo ocurrido en la vida terrenal de su hijo Jesucristo: nació, creció, fue sacrificado y venció a la muerte resucitando. La vida de Jesucristo es el evento culminate del acercamiento de Dios al hombre luego del fiasco que se llevó al ser traicionado por el pecado humano. Todos pecamos en el pensamiento y en las acciones y en lo profundo de nuestro espíritu. Pecar no es otra cosa que ofender la santidad de Dios con lo no santo. Siendo esto, nuestro pecado tiene como resultado la separación del hombre con Dios. Dios mismo, habiendo establecido que la consecuencia del pecado es la muerte (muerte significa separación), debe respetar su designio y traza un plan para poder reunirse nuevamente con el hombre: se necesita la muerte de alguien para redimir a la humanidad. Cristo cumple con ese papel y gracias a su muerte somos tomados por inocentes de nuestro pecado ante Dios. La muerte de Cristo no será tolerada por Dios y es por eso que le resucita para hacerlo vencedor incluso sobre aquello que es irremediable: la muerte.

¿Qué sintió Dios (Cristo es Dios), al experimentar la muerte? Humillación. Un ser eterno NO tiene por qué experimentar la muerte, a menos de que haya algún propósito importantísimo… ¡Y lo había! Era necesario reunirse nuevamente con su creación máxima y excelente: el ser humano. Resulta ser entonces que somos más importantes de lo que pensamos para el Señor. Pero todo tiene sus límites. Continuará…

 

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