42. ¿Por qué hay pruebas en la vida?

Por Pbro. David Silva Basurto

Las pruebas en la vida cristiana presentan una paradoja: gran alegría y sin embargo, evidente aflicción. Leamos:

1 Pedro 1:6 (DHH)

Por esta razón están ustedes llenos de alegría, aun cuando sea necesario que durante un poco de tiempo pasen por muchas pruebas. Porque la fe de ustedes es como el oro: su calidad debe ser probada por medio del fuego. La fe que resiste la prueba vale mucho más que el oro, el cual se puede destruir. De manera que la fe de ustedes, al ser así probada, merecerá aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo aparezca.

Algunos portavoces del evangelio, se aferran en presentar un evangelio libre de penas. Los que caminan por esta vereda, enseñan que al tener una relación con el Señor Jesús, el mar de la vida se apacigua y la paz, felicidad y prosperidad reinan en la vida. Pronto, tienen que dar una explicación ante aquel, que estima mantener una buena relación con Dios y pasa por diversos avatares de la vida; la explicación: has pecado. Lo que debemos agradecer a Dios es la honestidad con que su Palabra nos habla: su fe (que vale como el oro) tiene que ser probada.

Aquel que mantiene una relación con Jesucristo, debe saber, que vendrán pruebas y que junto con la aflicción experimentará alegría. ¿Paradójico? Quizá sí. Pero el discípulo camina en dos planos: el presente y el porvenir. El cristiano no se ausenta del mundo, por lo que, experimentará las aflicciones propias de la carne: decepciones, enfermedad, muerte, etc. Pero, ha entrado al reino de Dios, en dónde se encuentra la salvación del alma y la certera esperanza de la eterna paz comprada por su Señor con su muerte en la cruz. Mientras es llamado a la eternidad, sabe que será perfeccionado para su encuentro final con su Señor.

Las pruebas son pues, el crisol en el cual el Padre perfecciona a sus hijos. Cada prueba de la fe tiene un propósito. Baste sólo releer las historias particulares de mujeres y hombres que siguieron al Señor, para descubrir que cada prueba tenía un propósito valiosísimo para el progreso de cada creyente. Esta es la razón por la que somos llamados a estar llenos de alegría aún en la prueba. ¿Cuál es el problema? Que nuestros ojos, que miran el presente, seduce nuestra razón y no permiten que se ejerza la fe.

Policarpo fue discípulo del apóstol Juan y obispo de Esmirna, durante la persecución, fue arrestado y llevado ante el gobernador, el cuál le dijo: “Declare que César es el Señor". Policarpo respondió: "Yo sólo reconozco como mi Señor a Jesucristo, el Hijo de Dios". Añadió el gobernador: ¿y qué pierde con echar un poco de incienso ante el altar del César? Renuncie a su Cristo y salvará su vida. A lo cual Policarpo respondió: "ochenta y seis años llevo sirviendo a Jesucristo y Él nunca me ha fallado en nada. ¿Cómo le voy yo a fallar a El ahora? Yo seré siempre amigo de Cristo".

No tenga miedo, su Señor no le dejará nunca.

Otros artículos